Lo de España no es ‘street food’ y esta serie de Netflix lo demuestra

Es una de esas palabras de moda que acaban convirtiéndose casi en un chiste. Tenemos food trucks y street food por todos lados -incluso en restarurantes que presumen de hacer street food, por muy paradójico que pueda suponer- pero lo cierto es que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. O postureo, mejor dicho.

Es verdad que, de entrada, hay unas cuestiones legales que hacen que esos camiones de comida no puedan ser más que meras casetas ambulantes, que podrían o no tener ruedas, porque no pueden ejercer en la calle sino en eventos organizados.

Pero aclarado ese punto, la verdad es que  lo que por aquí se entiende como comida callejera provocaría una carcajada en cualquier rincón de México o en las ciudades del sudeste asiático, por citar dos ejemplos recurrentes.

De hecho, los precios que se estilan aquí en pulled porks, noodels y hamburguesas servidas por hipsters tatuados también harían enrojecer de vergüenza al londinense medio que tiene eso mismo -o más y mejor- por un coste similar. Con la sutil diferencia que allí los salarios son, ejem, ligeramente superiores.

¿Y a qué viene esta pataleta contra los pobres entrepreneurs gastronómicos? La culpa es de Street Food, la nueva serie de Netflix que -seguimos repartiendo- a diferencia de lo que ocurre con la mayoría de programas de cocina en España, este sí que da bastante hambre.

Pero no solo hambre sino, también, cierta tristeza al ver lo que es la auténtica comida callejera en los puestos de Singapur, Osaka o Bangkok, y compararlo con la versión de postal que se estila cada fin de semana en Barcelona, Madrid o cualquier otra ciudad que se haya subido al carro. O al food truck.

Propuestas realmente de calle, populares, y a precios lógicos. Así de fácil. Al menos hasta que llegan los inspectores Michelin de turno y, por hacerse los jóvenes enrollados, deciden premiar a tal o cual puesto de Singapur o de Hong Kong consiguiendo que los turistas empiecen -empecemos- a hacer cola y molestar a quienes siempre habían comido ahí y no necesitan una Estrella para saber que está bueno.

Ojo que no se trata de reclamar la uberización de la comida callejera -sin regulaciones y con personas de 70 u 80 años trabajando todo el día- pero sí de pedir que no nos tomen el pelo. O no tan descaradamente. La camioneta de un restaurante vendiendo comida a 5 o 6 euros la pieza puede ser cualquier cosa, pero no comida callejera.

De todos modos, es verdad que en España lo de la comida callejera nunca se ha estilado demasiado. Los precios moderados en bares y restaurantes que  permiten sentarse sin arruinarse, las terrazas, las tapas si se trata de comer algo rápido o la falta de costumbre -por suerte- de aprovechar para comer mientras se va de un sitio a otro ha hecho que nunca acabara de cuajar esta idea.

En cualquier caso, si de lo que se trata es de reivindicar street food patria, tampoco es tan difícil: bocadillos y churros. Y si no te parecen suficientemente glamourosos, vuelve a leer desde el principio.

4 COMENTARIOS

  1. Hola Sonia estoy de acuerdo contigo. Has dado tu opinión sobre la profesionalidad de su trabajo igual que él ha dado su opinión sobre el tuyo.

    En filosofía este artículo sería un ejemplo de FALACIAS tras FALACIAS como templos de grandes . Solo por decirlo un periodista desinformado ya tiene que ser verdad el contenido.
    En mi opinión en España el periodismo también debería mejorar.
    Un saludo

  2. Hola Sonia.
    He leído el artículo y estoy totalmente a favor de la crítica/opinión del artículo. Está muy bien que defiendas tus pensamientos y mucho más tus productos, pero la comida callejera es lo que es y no comida a precio de oro y eso no puedes negarlo.
    Entiendo tu enfado porque es una opinión negativa a tu negocio pero considero que deberías respetar opiniones y defender tu opinión sin necesidad de criticar otro oficio con el criterio de «y tú más» cómo hacen los niños pequeños.

  3. Hola Sonia. Si lees el artículo verás que no se cuestiona la calidad -normalmente excelente- de lo que se vende, sino una filosofía que nada tiene que ver con la comida callejera de otros países. También se empieza explicando que la normativa es la que es, con sus limitaciones en cuento a dónde se puede vender.

    Creo que deberías volver a leer el artículo y luego ya si eso nos vendes tus perritos calientes que, estoy seguro, son estupendos. Eso sí, un truqui, para vender algo mejor no insultar.

    Saludos

  4. Tengo una food truck y no puedo estar más en desacuerdo con este artículo. Ni postureo ni precio de oro!!!, es una falta de respeto leer cosas como estas.
    Quitando ciertas excepciones, somos comida de excelente calidad con productos elaborados de la misma forma que si te los comes en un restaurante, pero como aquí no hay sillas, al que escribe debemos parecerles de 3 división.
    TEnemos grandes complicaciones burocráticas, por culpa de leyes anticuadas que ni siquiera nos reconocen.
    Así que antes de escribir sobre estas cosas estaría bien documentarse un poco, o al menos hablar con algún propietario de una food truck.
    Menudo insulto a mi trabajo y que a gusto te has quedado!!!, Vendo perritos calientes a 5 euros, y te aseguro que en tu vida te has comido un producto tan exclusivo ni de tanta calidad como el que yo ofrezco.
    Si nosotros somos churreros….tu no eres periodista, sino más bien un «machacateclas».

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