¿Se come mejor en los barrios con más inmigración?

No hace falta un gran estudio sociológico. Basta por pasear por las calles de los barrios de cualquier ciudad y entrar en sus restaurantes y mercados para darse cuenta de que las personas de otros países y culturas siempre enriquecen la gastronomía del lugar al que van a vivir.

Es algo tan natural y antiguo como la propia inmigración. Si hace unas décadas a Madrid o Barcelona llegaban los platos del sur de quienes se desplazaron allí en busca de trabajo y una vida mejor, después sería el turno de personas venidas de otros países.

Unos y otros, igual que los españoles que tuvieron que marcharse fuera, viajan con su propio recetario, enriqueciendo con nuevos sabores e ingredientes la cocina local. Los supermercados latinos o asiáticos, y los auténticos restaurantes chinos o pakistaníes, son ya parte del paisaje habitual de muchas ciudades.

Pero no se trata solo de una cuestión de oferta gastronómica, de poder encontrar tal o cual fruta exótica o una salsa extraña, sino que estos cambios también inciden directamente en la calidad de lo que se come y en el ticket medio de la compra.

Al menos en lugares en los que los productos frescos se están convirtiendo casi en un lujo al alcance de unos pocos, y la comida preparada y los ultraprocesados ganan cada vez con más claridad la partida a la cocina tradicional.

Así lo confirma un reciente estudio en la ciudad de Los Ángeles, que demuestra que en los barrios en los que hay una mayor inmigración se come de forma más saludable. No solo las personas que han llegado de otros lugares, sino también los vecinos de toda la vida que tienen acceso a frutas, verduras y productos frescos de forma más sencilla y a un precio mucho más ajustado que en las grandes cadenas.

Un ejemplo más cercano: en el centro de Londres es más fácil encontrar veinte cadenas de comida rápida que un solo lugar en el que haya verduras. Los mercados que quedan –Borough Market– tienen un enfoque muy gourmet y más orientado a turistas y delicatessen que a la compra diaria.

Pero basta con alejarse unas paradas de metro hacia el norte, por ejemplo, para llegar a Daltson y descubrir que aquí los puestos de carne, fruta, verdura y pescado triunfan entre la comunidad africana y turca del barrio, y atraen también a muchos londinenses de otras zonas en busca de una mejor oferta y precios que en el centro.

Una relación entre salud e inmigración que contrasta con otro dato que no suele faltar en los estudios sobre nutrición: la comida rápida y sus efectos sobre la salud inciden más en la población con menos recursos.

Es verdad que desde España todo eso suena lejos gracias a la oferta de alimentos frescos y sus precios en comparación con otros países.

No habría que despistarse ni olvidar que las cifras aseguran que cada vez cocinamos menos, pero por ahora tiene más que ver con la variedad y la llegada de nuevos ingredientes y sabores que con la posibilidad de encontrar fruta que no cueste un dineral.

En cualquier caso, en Los Ángeles, en Londres o aquí, parece más necesario que nunca recordar esta relación entre la inmigración y la riqueza cultural y gastronómica que trae consigo.

La misma -aunque muchos parezcan no querer recordarlo- que cuando los españoles también viajábamos con los embutidos y las cazuelas bajo el brazo a donde fuera para ganarnos la vida.

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