
Han pasado muchos años, pero sigo recordando aquella cena como unas de las mejores de mi vida. Lo curioso es que no recuerdo ni un sólo plato de los servidos, pero sí la compañía y la sobremesa con Rosa Gil explicando una vida que poco tiene que envidiar a las novelas que escribieron quienes durante décadas ocuparon las mesas de Casa Leopoldo en Barcelona.
Uno de ellos, Eduardo Mendoza, esta sentado en la mesa de al lado, junto a Rosa Gil y otros ilustres invitados. ¿Qué más da lo que llega a la mesa si uno está sentado en el lugar frecuentaba Montalbán -una placa lo recuerda- y cerca anda el autor de La Cuidad de los Prodigios. Las croquetas están ricas, claro, el arroz ha tenido días mejores -en cocina y sala hacen lo que pueden ante la larga lista de invitados para el homenaje a Gil- pero todo esa da un poco igual hoy.
Ya lo dijimos en su momento: en Casa Leopoldo ahora se come mejor que antes. Y más barato. Así de sencillo, aunque la nostalgia nos puede hacer ser injustos y pensar que lo de antes siempre es mejor.
No tiene que ser fácil mantener en pie un negocio como éste, que no puede vivir sólo del mito y se enfrenta a una clientela habitual mayor que habrá dejado de frecuentarlo, y una joven o visitante que no lo ubica. Este homenaje, claro, es también una llamada de atención.
Escucho y leo también que Leopoldo representa algo así como la última resistencia en un barrio desaparecido. Y, efectivamente, es parte del patrimonio histórico, cultural y gastronómico, y que siga en marcha es una gran noticia para la ciudad.
Pero hay que revolverse ante quienes repiten que el barrio chino de entonces era mejor que el Raval de ahora. Porque cuando hablan de resistencia, claro, no se refieren al turismo o la gentrificación. Todos sabemos de lo que habla cierta nostalgia y cómo esconde -bastante mal- una buena dosis de clasismo y racismo a combinar según el gusto del cliente.
Pero, volviendo al Leopoldo y a Rosa, la homenajeada luce contenta sus 76 años. Vive en una residencia en el barrio de la Sagrada Familia de la que asegurar no salir muchos días. Alejada del bullicio del barrio y de su vida como anfitriona de esta mítica casa, leo que echa de menos el cap i pota, uno de los clásicos del Leopoldo. Siguen ahí otros, como el rabo de toro.
Pero intentar comparar lo de antes y ahora, no nos engañemos, no servirá para recuperar lo que hacía de Leopoldo algo especial que era ver a Rosa pululando por la sala y, si había suerte y tiempo, tal vez se sentara en la mesa a recordar historias de toreros, folclóricas, artistas y escritores que recalaron en su restaurante y en su vida.
Aquello no volverá. Pero ver el Leopoldo lleno seguro que le alegró el día. Sólo por eso, merece la pena volver por allí.















