El vino con cero puntos Parker

¿Cuántas veces has sentido un escalofrío al oír eso de «redondo en boca», has dejado de escuchar a la tercera referencia a los taninos y has sentido tentaciones de pedir una cerveza para ahorrarte la descripción organoléptica de la carta de vinos? Puede sonar exagerado, pero esta percepción del vino como algo complejo sigue siendo uno de los grandes problemas del sector.

«Hay una frase que los sumilleres estamos muy cansados de escuchar: ‘me gusta el vino, pero no lo bebo porque no entiendo’. Este es el gran enemigo de bodegueros y profesionales para la venta de vino, y hay que acabar con ello», apunta Enrique López, un sumiller que ha decidido poner un toque de humor con su primer vino, bautizado como Cero Puntos Parker.

Un tinto de Cigales en el que el nombre es toda una declaración de intenciones, y que su creador describe como «desenfadado, simpático y sin más pretensión que dejar un buen recuerdo del momento en que se consume». Así de sencillo y, a la vez, así de original en un campo que si de algo va sobrado es de pretensiones.

«Hemos tensionado el consumo del vino con complejidades que, si bien están presentes (y esa complejidad es fantástica), no son necesarias para el mero disfrute del producto, que es lo más importante», apunta.

¿Y cómo ha sentado que alguien de dentro del sector se cachondee de una de las listas y sistemas de puntuación más reconocidos en el mundo del vino?

«La aceptación de la marca ha sido buenísima, aunque siempre haya alguien que pueda discrepar y eso también es bueno. Al final, una bodega, una tienda de vino o un restaurante, no dejan de ser negocios que tienen que vender para obtener rentabilidad, y su línea va muy encaminada en el concepto de Cero Puntos Parker: simplificar el consumo de vino y beberlo por el placer que produce», explica.

Responsable durante años de la sección de vinos en Makro; autor del libro ¿Te cuento un vino?, publicado en 2014; y volcado en el enoturismo desde 2017 a través de su proyecto Winy Fogdefiende que no se trata de renunciar al lenguaje y discurso técnico y profesional, sino que hay que saber dónde y cuándo usarlo.

«Todo eso es fascinante y no podemos perderlo a nivel profesional, forma parte de lo maravilloso de la profesión, defiende. Pero al público en general, al consumidor aficionado al vino, no podemos marearlo con estos conceptos y este lenguaje, pues muchas veces se pierde y la consecuencia es que se bebe menos vino porque se asocia a un ámbito exclusivo de expertos».

Su primer y, por ahora, único vino ronda los 7 euros y juega bien con el que ha demostrado ser el mejor gancho para la mayoría de consumidores a la hora de llevarse una botella y no otra: la etiqueta y el nombre.

Que repitan, claro, ya dependerá del contenido. Y en este caso es imposible probarlo sin sonreír pensando en la descripción que el propio López hace de él en la contraetiqueta. Así que no hace falta repetirse para confirmar lo que él ya ha dicho: un vino rico, sencillo, sin ínfulas y de esos que apetece beber.

«En realidad, la gran mayoría de los bebedores de cerveza tampoco saben cómo se hace, ni que aromas tiene, ni los tipos de elaboración, ni los componentes… La beben porque les gusta. Eso tenemos que conseguir con el vino: ¿Te gusta? Sí. Pues bébelo y disfruta, porque estás bebiendo magia, historia y tradición», defiende.

Por cierto, ¿y cuántos puntos de verdad le pondría Parker si lo probara? «Pues no sé, yo creo que diría “este vino está buenísimo. Y punto», señala Enrique López.