Tras Atrio, ahora Coque: cuando las bodegas de los restaurantes son mejor botín que un banco

El número de referencias, botellas y presumir de unas cuantas joyas es parte del ritual de muchos de los grandes restaurantes del mundo. Mientras el sumiller muestra orgulloso sus tesoros, quien se ocupa de las cuentas del negocio suele guardar un respetuoso silencio, aunque por dentro esté maldiciendo los miles de euros que están allí inmovilizados.

La economía y la especulación alrededor del vino no es nada nuevo. Hay botellas pensadas para beber o guardar, pero muchas otras son casi una inversión asegurada, que normalmente se revaloriza. Salvo que alguien se pase de listo o que un robo se lleve por delante miles de euros en botellas.

Ocurrió el año pasado en Atrio y ahora le ha tocado a Coque, el restaurante de los hermanos Sandoval en Madrid. Se habla por ahora de 45 botellas y un valor entre los 150.000 y los 200.000 euros, que aunque está lejos de los 1,6 millones que se llevaron de Atrio, es un buen pellizco. Y un problema para, suponemos y deseamos por el futuro del restaurante, la aseguradora de turno.

Tuvimos la suerte de visitar la pasada primavera Coque, y la verdad es que su bodega es una maravilla. Allí se toman los aperitivos del menú degustación, mientras los clientes pueden echar un vistazo a algunas referencias realmente exclusivas. Desde hace un tiempo, además, el restaurante cuenta con un espacio creado en colaboración con Osborne y donde se guardan botas y botellas históricas de esta bodega jerezana.

Según los detalles que se han ido publicando, la historia parece menos rocambolesca que la del restaurante de Cáceres, donde unos clientes alojados en el hotel fueron los que, por la noche, se llevaron algunas de las botellas más codiciadas de la bodega. Los presuntos responsables han sido detenidos, pero del vino no se ha vuelto a saber nada.

De hecho, en los corrillos del sector -siempre en voz baja-, aquello de Atrio generó todo tipo de teorías conspiranoicas, dignas de una película alemana de sobremesa. Al final, parece que todo resultó ser mucho más mundano y no había oscuros intereses más allá de los evidentes: los ladrones sabían a por lo que iban y escogieron muy bien las botellas más caras.

La historia se repite en el caso de Coque, lo que deja claro que, tras estos robos, no solo hay una buena planificación y selección del material, sino un destino y comprador más o menos claro. Sean robos por encargo o destinados a un mercado paralelo de lujo, parece que la fórmula funciona.

Tiene lógica: seguir la pista a una botella de vino es realmente complejo, almacenarlas es sencillo en comparación con otras piezas de alto valor, y parece que es un mercado donde nadie hace muchas preguntas sobre de dónde salió tal o cual botella. Un negocio redondo y, a simple vista, mucho más sencillo y lucrativo que robar un banco o complicarse con arte y joyas.

Ojalá se resuelva y el vino se recupere. Mientras tanto, los pobres mortales ya tenemos un argumento más para justificar que el mejor vino es el que se descorcha y se bebe, no el que se guarda.