La carne de ibérico también tiene su propia temporada

Al hablar de productos de temporada lo habitual es pensar en frutas y verduras. O, como muchos, algunos pescados. Por mucho que cada vez estemos más acostumbrados a que haya de todo y durante todo el año, no está de mas recordar que la sandía no se da en invierno o que la costera de la anchoa en el Cantábrico es cosa del verano.

¿Pero qué pasa con la carne? ¿Hay también temporadas? A priori suena raro. Pero pensándolo un poco mejor, es en las cartas de otoño cuando, por ejemplo, más habitual es encontrar platos de caza.

Con el ibérico ocurre lo mismo: entre octubre y marzo es su mejor momento. Hablamos, ojo, de carne fresca, un producto magnífico y mucho menos conocidos que las embutidos y jamones ibéricos pero que, lógicamente, proviene de los mismos animales.

Esta temporada invernal tiene una explicación muy sencilla: las bellotas y la montanera, ese momento en la vida de los cerdos que pasan muchas horas en la dehesa caminando y comiendo bellota (hasta 10 kilos al día), hierbas, setas…

Todo eso produce una grasa de mucha calidad e infiltrada en la carne. Lo mismo que se dice tantas veces del jamón, pero en este caso aplicado a cortes frescos como el solomillo, el secreto, la presa o la cada vez más conocida -y riquísima- pluma

Cada vez más marcas de productos ibéricos venden también su propia carne fresca en temporada. Carrasco es una de ellas y algunos de estos preciados cortes se pueden comprar a través de Petra Mora, tanto en packs con diferentes piezas, como por separado y a partir de sólo 250 gramos.

Hemos tenido ocasión de probar algunos de ellos y son, sencillamente, carnes de otro nivel. Esa infiltración de la grasa, y la profundidad del sabor combinada con la untuosidad nada tienen que envidiar a los más ilustres cortes de vaca, tantas veces considerados en una categoría superior al cerdo.

De hecho, la presa ibérica tiene un corte que ya quisiera mucho Kobe que se vende como tal por ahí. Incluso el solomillo, que siempre nos ha parecido una de las partes menos interesantes y más sobrevaloradas, aquí es una delicia.

El precio se mueve entre los 30 y los 60 euros el kilo, dependiendo de la pieza. Como decimos siempre, hay que comer menos, pero mejor carne.