Baristas del mundo, relajaos (y dejad que la gente se tome el café como le dé la gana)

Los periodistas que escribimos sobre gastronomía somos seguramente las personas menos indicadas del mundo para pedir a alguien que se ahorre los conejos sobre cómo beber o comer algo. Nos pasamos el día enseñando lo que hay que zampar y lo que no, las cosas que todo el mundo hace mal, los mejores churros y ceviches del pueblo o la salsa teriyaki del súper que deberías tener en tu nevera.

La razón es muy sencilla y va más allá de que seamos unos listillos: da audiencia. Por algún extraño motivo, a todo el mundo da rabia y parece fascinar al mismo tiempo que le digan que no tiene ni puñetera idea a la hora de elegir o servir un vino, que comete diez errores al hacer la lista de la compra, o que lleva toda la vida comiendo mal el panettone. Somos como tu cuñado, sólo que a nosotros lo que nos interesa es salir en Google Discover.

Aclarado este punto, el otro día leía en Twitter la experiencia de una compañera periodista en una cafetería de especialidad. Sus peticiones de azúcar y de leche más caliente fueron descartadas por el barista de turno con el consabido argumento de que el café de especialidad no se puede tomar así.

No era, por lo visto, el clásico consejo de mejor pruébelo sin azúcar, o advertir sobre la temperatura ideal de la leche, sino que se traspasó esa barrera para, directamente, negarse a servírselo.

Sí, parece un gag de Pantamomi Full. Suele pasar cada vez que alguien se pone muy intenso con lo suyo. Por añadir anécdota propia, recuerdo mi cara cuando en una comida de prensa a la hora del café alguien pregunto “qué grano estáis moliendo” al camarero. Que, eso sí, supo salir bien de aquello y aguantar la risa.

La frontera entre saber mucho de algo -o creerlo- y acabar pareciendo un poco idiota es pequeña y seguramente todos la traspasamos unas cuantas veces al día. Algunos incluso lo dejamos por escrito, para que quede constancia y, con suerte, a veces nos pagan por ello.

“La tiranía del café de especialidad”, comentaba Paz Álvarez, la periodista. El cabreo es fácil de entender y seguro que la situación no le resulta muy extraña a quienes frecuenten este tipo de locales. Alguien le decía que lo que ella pedía era equivalente a echarle Coca Cola a un gran vino. La respuesta obvia es que, si has pagado la Coca Cola y el vino, puedes tomártelo como te de la gana.

Conste que en casa hay ahora mismo dos cafeteras -y una tercera de prueba- que se respeta el ritual del café, que muevo cada puñetero día la rueda del molinillo para dar con la medida que saque la presión correcta y que incluso se hace lo de la jarrita para emulsionar la leche. Tuerzo el morro cuando el café está quemado en un bar o restaurante (casi siempre) y ningún problema en pagar más por un café bueno y bien hecho.

Y me parece estupendo que en los tres euros del flat white de turno vaya incluido el asesoramiento o un curso exprés sobre café de especialidad. Sobre todo si el cliente lo pide. Si no puede pasar exactamente lo mismo que en tantos otros sectores.

A veces la gente sólo quiere un buen café. Lo mismo que quiere una cerveza o un vino sin que le den una lección. Así que, baritas del mundo, calma.