La casquería ya tiene su propio día (y unos callos para celebrarlo)

Si casi cualquier plato tiene su propio día en el calendario, estaremos de acuerdo en que la casquería también merece una fecha para celebrar lo suyo. Hablamos de un ingrediente que, denostado durante muchos años y que ahora vuelve a gozar de cierto prestigio, tiene un papel clave en el recetario tradicional del país.

Callos, morros, patas de cerdo, lengua, rabo… Cocina de aprovechamiento y normalmente económica que desde este año podrá presumir que el 30 de octubre es su ‘Día Mundial de la Casquería’.

Lo acaba de anunciar en el Salón de Gourmet la empresa Dapsa, especializada en este tipo de productos. La idea cuenta también con el apoyo de la Asociación Empresarial de Industrias Alimentarias de la Comunidad de Madrid y asociaciones como Provacuno, Interovic e Interporc.

Una marca veterana en el sector pero seguramente no muy conocida en el mercado, porque se ha dedicado más a la distribución y en los últimos años, también al producto de quinta gama. Es decir, platos ya preparados y listos para servir con los que se trabaja en algunos restaurantes.

Para entendernos: ese rabo de toro que prometen en muchos menús seguramente no ha salido de sus propias cazuelas tras un chup-chup de muchas horas, sino que básicamente lo han regenerado y emplatado. ¿Es lícito? Si está bueno y no se vende como casero no debería hablar problema, pero es verdad es que es un tema que da para mucho debate.

El caso es que Davi de Jorge -nuestro querido Robin Food- es desde hace un tiempo asesor e imagen de esta marca y de su nueva gama de platos preparados que, ahora sí, están pensados para el mercado doméstico.

Calentar y servir, prometen en los packs con generosas raciones (unos 370 gramos) de callos a la madrileña, morritos picantes, patas de corso, callos con garbanzos, carrilleras… Sale por menos de 7 euros y, después de haber podido probar algunas de sus referencias, tenemos buenas y malas noticias.

Las buenas es que están realmente ricos. Buen producto, cocido en su punto -nada de callos blandurrios- con salsas sabrosas, textura y consistente y sin ese punto pasado de sal o saborizantes que a veces tiene la comida ya preparada.

¿Y la mala noticia? Pues precisamente eso. Que es imposible no pensar, mientras uno rebaña con pan la salsa de los morritos picantones, la cantidad de sitio en los que nos habrán servido alguno de estos platos. Pero con el apellido de «casero» en la carta, claro.