Morir atragantado a la hora de comer, muchísimo más probable que tener complicaciones con la vacuna ‘AstraZeneca’

Las cifras varían ligeramente, pero todas sitúan en torno a las 2.000 personas al año el número de víctimas por atragantamiento por comida en España. Uno de esos accidentes comunes en los que solo se repara cuando el titular de turno o una tragedia pone sobre la mesa los números.

Y son de esos que asustan un poco, la verdad. Incluso asumiendo que no todos los atragantamientos se producen a la hora de comer -puede ser por cualquier objeto, sobre todo en el caso de niños-, sorprende leer que es la tercera causa de muerte no natural en el país. Y que cada día hay media docena de fallecimientos relacionados con el atragantamiento.

¿Y a qué viene todo esto? Más allá de recordarnos la necesidad de conocer los auxilios básicos para poder salvar una vida en caso de emergencia, resulta interesante comparar este tipo de riesgos cotidianos y, al parecer, asumidos, con ese otro del que tanto se habla estos días: los efectos secundarios de la vacuna AstraZeneca.

Es difícil luchar contra los titulares alarmistas de muchos medios y el seguimiento minuto a minuto de cada posible caso. Crear miedo siempre ha sido mucho más sencillo que luchar contra él con cifras y un poco de cordura. Y además da muchos menos clicks.

Pero es curioso percatarse de que, desde hace unas semanas, sabemos si una persona vacunada ha estornudado más de lo habitual, pero seguramente de esto del atragantamiento no teníamos ni idea. Por no entrar en temas más peliagudos, como la cantidad de muertes anuales que provoca una mala alimentación.

Así que, pese a ser muy escépticos con que las comparaciones de riesgos -las hemos visto muy curiosas y divertidas en redes estos días- puedan servir para convencer a alguien que ahora mismo mire de reojo la famosa AstraZeneca -mucho menos decir que nosotros nos la pondríamos ahora mismo sin dudarlo medio segundo-, nos ha parecido interesante ligar estos dos temas.

Y es que frente al ínfimo porcentaje de vacunados que han tenido complicaciones, y el todavía más pequeño número de muertes que podrían estar relacionadas con los coágulos que tal vez tienen algo que ver con la vacuna -la ciencia está en ello, de ahí las condicionales-, las posibilidades de tener un susto con el bocadillo de media mañana, con el hueso del pollo de la comida o con una espina de pescado un poco revoltosa son infinitamente mayores.

Sin embargo, algo nos hace suponer que no vamos a dejar de comer por ello. Tres o más veces al día, concretamente. Porque, claro, dejar de hacerlo es bastante más peligroso.