La dieta del jamón y el vino: ojalá fuera cierto, pero evidentemente no

Si ante cualquier dieta siempre es mejor ser muy escépticos, más en aquellas que prometen milagros a corto plazo. Si la propuesta de perder unos cuantos kilos se acompaña de ingredientes de lo más apetecibles y normalmente poco relacionados con una alimentación sana, la mentira es más que evidente.

Pese a ello, cada cierto tiempo reaparecen dietas más o menos exóticas que consiguen colarse en los titulares. No es de extrañar, porque resulta indudablemente atractivo algo que combine la palabra dieta con chocolate, cerveza o torreznos. Por desgracia, esta última todavía no se ha inventado y, sobre todo, todas ellas son una solemne tomadura de pelo.

El sentido común debería bastar para detectarlas y tomarlas como tal pero, por si queda alguna duda al respecto, los nutricionistas se ocupan, pacientemente, de explicar por qué no tienen ningún fundamento. La mayoría de dietas, y estas en especial.

El último hit parece ser una denominada como la «dieta del jamón y el vino» a la que, claro, todos nos apuntaríamos encantados. No ya como dieta para perder peso sino como modo de vida. Bromas al margen, esta dieta existe y por méritos propios entra a formar parte de nuestro particular top 5 de ditas absurdas junto a la no menos delirante «dieta del delfín».

¿Y en qué consiste esta dieta del jamón y el vino? Pues su nombre deja poco margen a la imaginación. De todos modos, en la página oficial -sí, la tiene- se detalla que la dieta «ha sido diseñada para ayudarte a reducir entre 4Kg y 6Kg» y que incluye, entre otros platos, 1 o 2 copas del vino al día y entre 60 y 90 gramos de jamón ibérico diario. ¿Dónde hay que firmar?

Aunque a priori no parece necesario detenerse a explicar por qué esta dieta tiene tanta credibilidad como la famosa del cucurucho -posiblemente menos, bien pensado-, lo peligroso llega al comprobar que en los últimos días numerosos medios hablan de ella. Y no para reírse, como sería lo lógico, sino como una opción a tener en cuenta. Más preocupante todavía es comprobar que la firma Rubén Bravo, dietista colegiado y, lo que nos parece más esclarecedor, licenciado en publicidad.

Por suerte, siempre hay nutricionistas que están al quite de estas tomaduras de pelo y que llaman a las cosas por su nombre. «Es un cebo, un camelo y un despropósito», apuntaba en su blog hace unos días Juan Revenga en relación a esta dieta del jamón y el vino.

Si a estas alturas cualquier dieta suele ser una mala idea -detalla Revenga-, incluir en ella alcohol es ya el colmo. Según aclara, tampoco el jamón figuraría entre los alimentos prioritarios en una alimentación saludable.

Merece la pena leer el artículo completo, donde no solo desmonta cualquier posible argumento de esta veterana dieta que en realidad lleva circulando desde por lo menos 2013, sino también el curriculum de su artífice y del IMEO (Instituto Médico Europeo de la Obesidad) que parece apadrinarla.

No queda títere con cabeza. Y es que no es ya que sea una tomadura de pelo -a la venta en descarga directa por 5 euros, por cierto-, sino que incurre en varias prácticas ilegales en su promoción.

En todo caso, merece la pena no pasar por alto la responsabilidad que tenemos los medios de comunicación en la difusión de este tipo de dietas. Por mucho que nos parezcan poco más que un chiste, si sobreviven está claro que es porque alguien pica y de uno u otro modo son rentables.

Así que alertar sobre sus peligros, señalar que son absurdas y, si se tercia, reírse de ellas, es la única manera posible de hablar de este tipo de dietas mientras esperamos impacientes a que alguien se anime con la del torrezno.