Espejismos en cuarentena. ¿Seguiremos cocinando cuando esto pase?

“Raro” es posiblemente una de las palabras que más estamos usando estos días. Y es que son días raros en los que hacemos cosas raras para crear nuevas rutinas ahora que las de siempre han saltado por los aires.

Y entre tanta rareza, y mientras repetimos lo de “cuando esto pase”, preparamos panes y masas madres, hacemos salsa de tomate, cocinamos bizcochos cada día, aprendemos a usar el horno que no habíamos encendido desde 2018, removemos bechameles para croquetas, nos atrevemos con una tortilla de patata -qué diferencia con la del super, verdad- y puede que, incluso, ante la cola del dichoso Mercadona descubramos que hay mercados y tiendas con mejor producto fresco, menos gente y negocios que ahora nos necesitan más que nunca.

Todavía no sabemos lo que durará esta situación, pero algunos ya están convencidos de que de esta cuarentena y de esta pandemia saldremos siendo un poco mejores.

La defensa de lo público a lo que ahora aplaudimos cada noche, del bien común, del tiempo, de bajar el ritmo, del trabajo con horarios racionales… Quién sabe si hasta tanta innecesaria reunión se convertirán en un mail, ahora que sabemos que, en realidad, siempre podía haber sido eso.

Los pesimistas, o simplemente los realistas que saben que andamos justos de memoria, dan por hecho que nada de eso ocurrirá. Que cuando se levante la veda volveremos a las andadas de siempre y que, fieles a nuestra tradición, tropezaremos con las mismas piedras de siempre.

Ojalá no, pero cuesta creer que no ocurra lo mismo en nuestras cocinas, ahora extrañamente habitadas y activas, recuperando esa función de centro de la casa que siempre habían tenido hasta que el delivery, los platos precocinados y los brunchs con aguacate nos convencieron de que cocinar era de pobres.

Y aunque es casi seguro que de esta saldremos más pobres, cuesta pensar que todas esas tartas y cocidos de estos días no son solo un espejismo. Un efecto más de ese maldito virus que nos tiene confinados en casa, y que desaparecerá con él cuando vuelvan la normalidad, las prisas, y los platos listos que cada vez ocupan más espacio en los supermercados.

Ojalá que no. Pero, sobre todo, ojalá que pronto podamos comprobarlo.