En Las Ramblas de Barcelona ya no necesitan al público local al que pidieron ayuda

Hace ya tiempo que asumimos la cruda realidad: no, no vamos a salir mejores de la pandemia. El espejismo duró lo justo, pero durante un instante sí parecía que aquellos duros meses de paréntesis iban a servir para replantear algunas cosas.

Ahora, más allá de la alegría de ver que las vacunas funcionan, que España está a la cabeza del mundo en vacunación y a la cola en cuanto a antivacunas -pocos motivos mejores para sentirse orgullosos-, el verano nos ha recordado que no hemos aprendido nada.

Hace un año, con Barcelona prácticamente desierta de turistas, vivimos situaciones realmente surrealistas. De Las Ramblas, zona cero del turismo en su peor versión, desaparecieron las jarras inmensas de sangría, mojitos y demás bebidas de colorines para atrapar turistas incautos.

En el mercado de La Boquería volvía a haber más vecinos comprando que gente sacando fotos y, como por arte de magia, las cañas pasaron de ser una estafa a solo caras. Incluso algunos se vinieron arriba e intentaron atraer al público local con ofertas de paella  y caña por el precio que normalmente costaría media ración de patatas bravas congeladas con salsa de bote.

Aquello funcionó regular, claro. El instinto de supervivencia de quienes vivimos en ciudades muy turísticas nos ha ayudado a desarrollar un instinto natural que nos impide sentarnos en terrazas en ciertas zonas y, sencillamente, rehuir de bares y restaurantes en los que durante años se ha dejado claro que no éramos bienvenidos.

Ha pasado un año de aquello y, como los más pesimistas ya adelantamos, no hemos aprendido absolutamente nada. Basta volver a acercarse a Las Ramblas para comprobarlo. Han vuelto las jarras absurdas, con brebajes para incautos y pajitas inmensas que animan a perder cualquier esperanza.

Todo sigue igual: los menús con precios aparentemente baratos de calidad infame y de cuentas abultadas por la bebida y los turistas que por algún motivo que desconocemos sienten la necesidad de sentarse allí y dejarse engañar.

¿No notan la mirada de terror de los locales cuando les vemos allí sentados sorbiendo esas cervezas calientes de litro? ¿De verdad has pagado un vuelo, un hotel y posiblemente una PCR para acabar sentado ahí comiendo mal y bebiendo peor?

De verdad que por un instante creímos que se podía hacer algo. Parecía el momento perfecto para meter mano en el asunto, regular lo que ocurre en las zonas más turísticas del país y reformular un modelo que había tocado techo y amenazaba con saltar por los aires en cualquier momento.

Pero nada ha cambiado. Bueno, una cosa sí: pese a que las cifras de turismo están lejos de ser lo que fueron en aquel lejano verano de 2019, la paciencia de los locales está bajo mínimos. Tal vez recuperar calles y plazas que hace años se abandonaron en manos del turismo masivo les hizo soñar con que aquello no era un espejismo y la ciudad podía ser realmente suya.

2 COMENTARIOS

  1. Convertir todo en mercado para dinero genera una enorme factura: la ansiedad, el estress, la avaricia… El turista es una cartera y todo se somete al ansia de tener más y más. Una pena.

  2. Lamento decirlo pero como guiri residente en Barcelona, el concepto ‘comer mal’, en algunos paises de Europa simplemente no existe. Hay ‘pasar hambre’ y ‘comer algo mientras nos emborrachamos’. No se les ocurre ir a buscar algo de calidad. Clash de culturas total.

Los comentarios están cerrados.