El lujo de comer y beber bien a 11.000 metros de altura

¿Qué diferencia la clase turista de la business? Lógicamente, muchas cosas, de ahí la habitual diferencia de precio entre una y otra tarifa. En esa larga lista suele figurar el espacio, la prioridad en el embarque y equipaje, acceso a la sala VIP, disfrutar de una cama totalmente horizontal en los vuelos intercontinentales y, por supuesto, la gastronomía.

Hace unos meses tuvimos ocasión de volar de Barcelona a Singapur en la clase business de Singapore Airlines -en un viaje de prensa a esta ciudad- y conocer de primera mano esta especie de mundo paralelo que existe en las primeras filas de los aviones y que para muchos es casi un misterio.

Nada de pedirse zumos, que la carta de vinos es excelente (Foto: Singapore Airlines)

No volamos lo suficiente, ni mucho menos en business, como para poder entrar en comparaciones de si tal o cual es la mejor del mundo. Ya hay medios y decenas de canales de YouTube especializados en el tema y que, de hecho, incluso alguna vez nos han puesto los dientes largos con la posibilidad de volar en una auténtica habitación privada, e incluso ducharse en pleno vuelo.

Y es que, efectivamente, hay incluso otro mundo por encima de la clase business, que Singapore Airlines también ofrece en otras rutas donde la configuración de sus vuelos incluye First Class y Suites. Pero esta vez nos conformamos con su business class, que no es poco, para descubrir cómo es eso de disfrutar de una buena gastronomía a 11.000 metros de altura.

Pese a la dificultad que plantea un servicio de cierto nivel en un avión, la verdad es que la atención tiene poco que envidiar a un buen restaurante. La vajilla, los cubiertos, o la llegada de la comida con su aperitivo, primer plato, segundo, postres… supone una experiencia totalmente diferente a la que estamos acostumbrados en los aviones.

El menú viene marcado por la ruta y la temporada, normalmente con un par de opciones a elegir en cada pase. En el caso de Singapore Airlines, una de las especialidades de la casa que, además, se sirven también en clase turista, son los satay, unas brochetas de pollo con salsa de cacahuete que son uno de los platos emblemáticos de Singapur. Como entrante, y con muchas horas de vuelo por delante, son una maravilla.

Según nos explican los responsables de la compañía, la carta se elabora con el asesoramiento de reconocidos chefs internacionales (Carlo Cracco, Sanjeev Kapoor o Zhu Jun, entre otros) y teniendo en cuenta que la altitud y la presión hace que la percepción de los sabores sea diferente a bordo de un avión.

La cocina asiática funciona muy bien a bordo

Los sabores de cierta intensidad y la comida asiática suelen funcionar muy bien en los vuelos, así que la apuesta de Singapore Airlines por platos e ingredientes de Singapur juega aquí a su favor. Otro de los platos que comimos a bordo fue chicken rice (pollo con arroz, efectivamente), otro de los grandes clásicos de este destino y que se puede encontrar en todos los hawkers (mercados gastronómicos) del lugar.

Así que esta pequeña degustación de platos locales puede ser también un perfecto precalentamiento para lo que luego se puede disfrutar en Singapur, uno de los destinos gastronómicos más interesantes del mundo.

Buena noticia también para los más golosos, porque los postres no desentonan en el nivel general. Incluso si hay ánimos y hambre -controlar el apetito en un vuelo largo y donde puedes ir pidiendo comida en cualquier momento es parte del juego- en el desayuno es posible disfrutar de unos gofres con crema fresca y arándanos que poco tienen que envidiar a los de cualquier brunch de Barcelona.

La bodega es otro de los puntos fuertes a bordo, con una interesante selección de vinos de, principalmente, Italia, Francia y Australia. ¿Echamos de menos referencias españolas? Claro.

Pero teniendo en cuenta que a nosotros lo que nos gusta es probar cosas nuevas, es una excelente oportunidad. También es verdad que la tentación de acompañar todo el menú -y gran parte del vuelo- con champagne es algo a valorar muy seriamente.

¿La mejor prueba de que esta experiencia viajera y gastronómica de altura tiene poco que ver con un vuelo normal? Que las más de once horas que separan Barcelona de Singapur se acaban haciendo cortas.