Alimentaria 2018: muchas novedades, poca comida

Uno llega a Alimentaria a lo de siempre: saludar a amigos y conocidos, buscar y probar algunas cosas raras, y hacer un par de chistes recurrentes sobre los que van dispuestos a llevarse la compra semanal hecha o a aprovechar la barra libre que tanto se estila a última hora.

Pero las cosas no salieron según lo planeado. Ha habido novedades, claro. Muchas, y algunas muy curiosas. Y por supuesto alcohol y muestras.

Pero quizás entrar por la puerta equivocada y toparse lo primero con una zona de stands en las que el producto estrella eran las legumbres de Estados Unidos y el pimentón de China hace que te cambie el humor y el guión. Para rematar, frente al stand de Navarra, otro de conservas (espárragos, pimientos…) también de China.

Que sí, que libre mercado, globalización, cifras macroeconómicas y todo eso. Pero recordar nada más llegar que esto va de negocio y no de comida es un poco frustrante.

En realidad nada nuevo, por mucho que la agenda de charlas y talleres organizados por algunos de los mejores cocineros del país en Alimentaria Experience intente dar cierto calado gastronómico a la cita.

Pero lo cierto es que no es fácil cuando estamos en el reino de las tendencias -muchas absurdas-y de esa quinta gama que lo mismo te vende un huevo con cáscara ya pochado que un bocadillo de calamares listo para descongelar y servir.

Por supuesto que hay mercado para todo, sólo que los grandes son aquí los reyes y los que marcan ritmos e innovaciones. ¿Que se lleva lo vegetal y el sin gluten? Pues le ponemos avena, quinoa y lo que surja a todo, aunque el resultado sean productos procesados igual de poco sanos que las versiones con lactosa o gluten. O peores en algunos casos.

Quinoa en el chorizo y en los snacks, leche vegetal en los batidos, etiquetas de ecológico y orgánico con sellos oficiales que, curiosamente, no se molestan en avisar de que «bio» y «orgánico» no significa absolutamente nada en la legislación española.

Y entre todo eso, los garbanzos de Estados Unidos, que son los que acabarán posiblemente en la cesta de la compra de muchos, por precio o simplemente porque nadie obliga a dar esa información. O a darla en un lugar y tamaño visible, se entiende.

¿Qué es el lujo y la alta gastronomía? Superada la época de nitrógenos y espumas, y asumida la técnica como una parte esencial de la cocina que no merece más protagonismo del necesario, tal vez esa vuelta al producto de la que todo el mundo habla pase por saber cómo es y de dónde viene.

En Alimentaria se habla y se presume de veggie, de gluten free y de croquetas de gin tonic -nosotros los primeros-, pero ideas como la proximidad del producto o la temporada parecen no ser parte de la agenda que interesa a la industria.

¿Algún gesto en cuanto a reducción de residuos y envases? ¿Medidas para minimizar el desperdicio de alimentos, no por parte del consumidor, sino en le distribución y en la producción? Salvo pequeñas -y difíciles de encontrar- excepciones, nada.

La cooperativa Mans y su proyecto agrícola de inclusión social de jóvenes con dificultades. Por suerte, en Alimentaria también hay espacio para ideas que sí aportan algo más

¿Una mínima autocrítica sobre ese etiquetado al límite de la publicidad engañosa en la que cada producto es un milagro que ayuda a curar algo? Tampoco eso toca. De hecho, Alimentaria está repleto de yogures, zumos y galletas que prometen subir o elevar los niveles de algo.

Cuesta creer esa teoría de la autorregulación de la industria alimentaria y lo que ocurre en otros países de Europa o al otro lado del Atlántico -donde el porcentaje de alimentos procesados que se consumen ha hecho saltar las alarmas sobre salud pública- tampoco invita al optimismo.

Ojalá no haya que llegar a ese punto para que alguien empiece a poner sobre la mesa que en una feria de alimentación debería haber menos productos y más comida.

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