May 262014
 

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Finales de mayo y tú con la operación bikini aún por empezar. “Todavía hace fresco – te dices – tengo tiempo: la semana que viene verdurita en vez de patatas, salgo a correr – perdón, a hacer running – y ¡listo!”. Tras ese pensamiento, te invade la desazón y te pones filosófico. A ver… si el ser humano tuviera que ser delgado, Dios le habría dado al apio el sabor de un Big Mac y al yogur desnatado 0% el del arroz con leche… Arroz-con-leche, te repites mientras te conviertes en Homer Simpson.

Lo has decidido, vas a darte un último homenaje antes de enfundarte en tu atuendo runner que todavía lleva la etiqueta puesta, descargarte una App motivacional random, salir a quemar calorías y empezar a decirle a todos tus amigos y conocidos, no sin cierto aire de superioridad: “¿Cómo? ¿Qué no sales a correr? Es liberador, deberías probarlo”. Si ellos supieran…

Arroz con leche, el nombre lo dice todo: arroz y leche, dos básicos de la cocina universal juntos para tu disfrute personal. No puede ser muy complicado, no pero necesitas unas cuantas instrucciones. Ha llegado el momento, descuelgas el teléfono listo para pedirle a tu progenitora la receta de su arroz con leche. Coge aire, no hay Apps motivacionales para superar este obstáculo pero tranquilo, estamos aquí para ayudarte.
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Abr 142014
 

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La Semana Santa, ese oasis vacacional que se presenta justo cuando el “necesito vacaciones” empieza a taladrarte la mente cada vez que te pones frente al ordenador para currar, estudiar o actualizar tu perfil en Infojobs sin éxito. Los días soleados empiezan a ser la tónica habitual y los nostálgicos del verano sacan su look California Dream del armario. Tú, poco amante de las altas temperaturas y atrapado en la ciudad, los ves caminar por la calle, con sus gafas-hipster, sus bermudas y -¡oh, sí!- sus bambas sin calcetines y deseas verlos llorar, como lo hacen los cofrades que no pueden sacar a su patrona en procesión por inclemencias meteorológicas.

Los oyes hablar por su Smartphone en la parada del autobús: “Nos vamos todos a un apartamento en la costa, ¡tengo unas ganas de playita!”. Notas que tus instintos asesinos afloran e invocas a los dioses para que una ciclogénesis explosiva se los lleve a ellos y a su apartamento en la costa, muy muy lejos. “¡Qué en Semana Santa llueve! ¡Qué aún no es verano! Donde estén unas mini-vacaciones en el pueblo, con un buen puchero y unas torrijas…”.

“¡Eureka! -te dices- este año me monto mi propia Semana Santa urbanita” y citas a todos tus amigos para una merendola a base de torrijas el Jueves Santo. La primera y única vez que te lanzaste a hacerlas pensaste que era suficiente con empapar pan de molde en leche y huevo y freírlas y aunque te engañas a ti mismo diciéndote que menos es más y que lo básico es lo mejor, sabes que sólo hay una forma de obtener unas torrijas gloriosas. Antes de que te des cuenta, estás llamando a tu madre. Un tono, dos tonos… Continue reading »

Mar 112014
 

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Día: cualquiera. Hora: la que sea. Es ese momento de la semana en el que tienes tiempo para hacer la compra. Llevas una lista,  pero como buen cocinillas vas ojeando a ver qué novedades hay en el mercado. Esperas que un alimento/producto X, te despierte la curiosidad, que las ideas para tu próximo plato estrella vengan a ti como una aparición Mariana. En una mala, acabarás viendo cualquier guarrindongada que echarás al carro mientras te dices a ti mismo: “¡Bah! Un caprichito de vez en cuando no le hace daño a nadie”.

Estás a punto de ceder ante los Donettes que has visto en la entrada y dar por perdida tu inspiración cuando, de pronto, en la sección de refrigerados del super, entre las bases de pizza y la masa de hojaldre, divisas un paquete blanco y azul que te resulta extrañamente familiar. Te acercas como hipnotizado y descubres de qué se trata: obleas para empanadillas. Un halo de luz las ilumina y una música celestial suena en tu cabeza. Viene a tu mente otro recuerdo: te encuentras en otro sitio y en otro tiempo, es domingo, estás sentado a la mesa y tu madre saca el aperitivo. En sus manos trae un plato con delicias semicirculares que tu mismo has cerrado tras una encarnizada batalla con tu hermana por el tenedor. Son las empanadillas de bonito de tu madre.

De vuelta al super, te haces con el paquete de obleas y te dices a ti mismo: “Hoy las voy a hacer yo”. Entonces un escalofrío recorre tu cuerpo, sabes que tendrás que sortear innumerables obstáculos para obtener tu recompensa. ¿El primero? La temida llamada a tu madre. ¿Serás capaz de pillar algo? Las dudas se apoderan de ti, tanto que estas a punto de desechar la idea pero ¡no podrán contigo! Llegas a casa, te pones el delantal y, como hombretón valiente que eres (ehem), llamas a tu madre. Un pitido, dos pitidos…

– ¿Las empanadillas? Ya me parecía a mi raro que me llamaras para ver qué tal. ¡Anda que me tienes contenta!
– Lo siento, mama, he estado ocupado.
– Ocupado, ocupado… ¡A saber!

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Ene 292014
 
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Tarta de chocolate y galletas, the day after – No muy apetecible pero muy rica

Hay dos tipos de personas: las que adoran su cumpleaños y las que lo odian profundamente. Si eres de las primeras, probablemente no puedas pasar ni un solo aniversario sin un trozo de tu tarta favorita. Si perteneces al segundo grupo, mirarás hacia el pasado con nostalgia y pensarás en aquellas fiestas de cumple que sí que molaban: las de tu infancia.

No es de extrañar. Cuando éramos pequeños en nuestras fiestas de cumpleaños había globos, chuches, ganchitos, triangulitos de pan Bimbo y Nocilla, una piñata y, por supuesto, la estrella de la fiesta: ¿tú? No egocéntrico, tú no. Hablo de ella: la única, la inimitable, la sin par tarta de galletas y chocolate.

¿O es que acaso no recuerdas lo rica que estaba? ¿Es que no te emocionas recordando aquella tarta cuadrada en la que tu madre escribía tu nombre -o edad- usando Lacasitos de colores? ¿Y lo que sobraba? Reconócelo, estabas deseando llegar del cole para zamparte los restos que quedaban en la nevera. Claro que lo recuerdas, tanto es así que tienes un antojo repentino.

Chocolate y galletas a capas, no parece muy difícil pero en tu último intento no tuviste demasiado éxito. ¡Y eso que mojaste todas las galletas en leche y las montaste a capas con chocolate de primera calidad fundido en el microondas! Sabes quién tiene la respuesta y, aunque te aterra no entender ni una sola palabra, llamas a tu madre para que te dé las claves de su inimitable tarta de galletas y chocolate. Tranquilo, no sudes, estamos justo a tu lado, venimos al rescate.

– ¿Tarta de chocolate y galletas, hijo? Si aún quedan 10 meses para tu cumpleaños

– Ya mamá, pero es para una amiga

– ¿Una amiga? Pero… ¿Amiga, amiga?

– ¡Mamá!

– Ay hijo, ¡qué sosainas eres!

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Nov 062013
 

Albóndigas

El Otoño: una estación bonita y deprimente a partes iguales. Se trata de unos meses ideales para salir a pasear con tu ropa semi-invernal y tus botas de agua, mientras las hojas caen dejando una alfombra de colores terrosos en el suelo que te apresuras a retratar y colgar en Instagram.

Son también los meses del resfriado, los de quedarte en casa viendo una película -o puede que el programa de María Teresa Campos- ataviado con una Batamanta. Cualquier domingo de estos te encontrarás en casa mientras fuera cae la del pulpo, con el pijama puesto y  un antojo tremendo de un contundente plato de comida de tu madre.

Ese día una palabra retumbará en tu cabeza: “Albóndigas”. Estarás perdido, el furor cocinillas y la nostalgia culinaria se habrán apoderado de ti y te sentirás lo suficientemente valiente como para llamar a tu madre y pedirle la receta. “Son bolitas de carne y salsa de tomate y ella las hace en un santiamén, no puede ser tan difícil”, te dices a ti mismo para animarte. Olvidas, pequeño Padawan, que la sabiduría culinaria de tu progenitora no se transmite tan fácilmente, está codificada bajo un lenguaje especial muy difícil de descifrar. Pero tranquilo, estamos aquí para ayudarte.
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May 222013
 

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Aunque los fenómenos metereológicos de estas últimas semanas evidencien lo contrario, el verano está a la vuelta de la esquina. En un abrir y cerrar de ojos estaremos en la gloriosa época de los picnics al aire libre y las barbacoas infinitas en las terrazas de amigos con pisos más molones que el tuyo.

Sí, amigo, pronto te encontrarás con un mail-invitación a una barbacoa con una frase final del tipo: “que cada uno se traiga algo para picar”. Hace un tiempo quizá te hubieras decidido por llevar unos Doritos con churretones de queso por encima o, mejor, los susodichos Doritos con un bote de guacamole envasado. Podrías incluso haber comprado un bote de hummus y pan de pita para dártelas de exótico pero hoy eres un cocinillas y se espera de ti algo mejor.

“¡Ya lo tengo! -piensas- una ensaladilla rusa”. Ciertamente es un plato adecuado, a casi todo el mundo le gusta y es perfecto para este tipo de ocasiones. De pronto recuerdas que tu último intento no tuvo demasiado éxito y, sinceramente, te cuesta entender el porqué: seguiste a rajatabla las instrucciones de la bolsa de ensaladilla congelada y, aún así, no sabía como la de tu madre. “¡Eureka! -exclamas- una llamadita a mamá y triunfo seguro”. Olvidas, amigo, que tu madre tiene una forma particular de contar sus recetas pero, tranquilo, estamos aquí para ayudarte.

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Feb 272013
 

croqueta
Hace unas semanas iniciamos nuestra particular cruzada por hacer comprensible el lenguaje gastronómico de las madres. Empezamos con un clásico – la tortilla de patatas – y hoy os traemos otro esencial de la sabiduría culinaria materna: las croquetas.

Hay pocas cosas mejores que las croquetas de mamá, esas que nacen de los restos del cocido del domingo o, en este caso, del pollo asado de la última comida familiar. Es posible que, en un ataque de nostalgia y valentía a partes iguales, hayas intentado elaborar estas delicias cilíndricas partiendo de los restos de pollo a l’Ast que compraste en la pollería del barrio un sábado cualquiera.

Si es así, puede que hayas sido incapaz de descrifrar las instrucciones de tu progenitora y hayas acabado obteniendo una masa deforme, aceitosa y con un sabor a harina cruda insufrible. Tu ego de cocinillas se desmorona… No desesperes, venimos al rescate.

Lo primero que hay que decir es que, aunque las madres las hagan sin apenas prestarles atención, las croquetas no son fáciles. Es muy posible que tengas que hacer varios centenares antes de que las tuyas le lleguen a la suela de los zapatos a las de tu madre pero ¿¡y lo bien que te lo vas a pasar practicando!? En eso no piensas, ¿no?
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Ene 302013
 

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¿Recordáis cuando empezasteis a cocinar? ¿Aquel momento en el que únicamente podíais preparar con éxito unos macarrones con atún y tomate frito de bote, a lo bruto? Quizá algunos de vosotros estéis aún en esa fase. O a punto de entrar en ese estado que nos gusta denominar “la euforia del cocinillas”. Un concepto que está íntimamente ligado con el de “llegar a casa borracho y creerte Ferran Adrià”.

Sí, ese momento en el que has hecho tu primer sofrito con éxito, en el que has conseguido hacer una salsa de tomate natural que no te provoca acidez de estómago. Entonces -¡Oh sí! – piensas que eres invencible y que no hay ninguna receta que se te pueda resistir.

Durante la euforia del cocinillas es muy común pensar: “voy a llamar a mi madre para que me explique cómo hacer su plato estrella”. Si no lo has hecho aún, lo harás e inevitablemente, fracasarás. La buena noticia es que no es culpa tuya, cocinillas inexperto. Sólo es que todavía no entiendes el críptico vocabulario de las madres cocineras que, acostumbradas a elaborar sus recetas de memoria, han olvidado cómo explicarlas al resto de los mortales.

En La Gulateca queremos ayudarte con una serie de traducciones para entender cosas del tipo “eso tú ya lo ves” o “el guiso ya te lo pide”. Y empezamos, como no podía ser de otra manera, con una de los primeros platos maternos que todos nos lanzamos a preparar: la tortilla de patatas.

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